Las declaraciones de dos peritos forenses complicaron la estrategia de la defensa de Roberto Daniel Sánchez en el juicio por el transfemicidio de Azul Semeñenko. El psiquiatra Fernando Méndez afirmó que no encontró elementos para sostener que el acusado hubiera actuado bajo un estado de emoción violenta, mientras que el criminalista Eduardo Prueger expuso indicios que, según su análisis, resultan compatibles con un crimen motivado por el odio hacia la identidad de género de la víctima.
“Toda la secuencia va en contra de la emoción violenta”, concluyó Méndez ante el jurado popular. El especialista también aseguró que Sánchez comprendía la criminalidad de sus actos. A su turno, Prueger analizó las lesiones, la utilización de distintas armas y las maniobras posteriores al asesinato, y sostuvo que la violencia ejercida contra Azul trascendió la finalidad de provocarle la muerte.
Los testimonios formaron parte de la prueba presentada por la Fiscalía para respaldar la acusación de homicidio triplemente agravado por ensañamiento, identidad de género y odio o prejuicio. El crimen ocurrió el 25 de septiembre de 2025, en la vivienda de Sánchez, ubicada en Copahue al 1100 de Neuquén capital, después de que el imputado interceptara a Azul en una esquina del bajo neuquino para contratar un servicio sexual.
Las declaraciones se sumaron a las pericias médicas que determinaron que Sánchez no presentaba lesiones agudas o subagudas compatibles con la fecha del hecho. En cambio, registraba lesiones antiguas, entre ellas una cicatriz en el cuello, la falta de un dedo de la mano derecha y piezas dentales ausentes.
La situación contrastó con los resultados de las pericias realizadas sobre el cuerpo de Azul, que identificaron alrededor de 25 lesiones punzocortantes, además de golpes y fracturas en el rostro.
La evaluación psiquiátrica: memoria, conciencia y decisiones
Méndez, psiquiatra forense del Poder Judicial de Neuquén desde 2012, explicó ante el jurado cómo evaluó retrospectivamente el estado psíquico de Sánchez al momento del crimen. El análisis incluyó una revisión del expediente, una entrevista con el imputado y el estudio de su relato para determinar si existían alteraciones mentales que le impidieran comprender la criminalidad de sus actos o dirigir sus acciones.
La evaluación se realizó el 18 de noviembre, semanas después del asesinato. La defensa cuestionó la metodología y las posibilidades de reconstruir el estado emocional del acusado a partir de una entrevista posterior. Sin embargo, el especialista explicó que el carácter retrospectivo del estudio respondía a la necesidad de analizar los hechos a partir de la información disponible.
Durante la entrevista, Sánchez se mostró predispuesto, mantuvo un discurso ordenado y pudo reconstruir aspectos de su historia familiar, laboral y de consumo de sustancias. Méndez no identificó alteraciones de la memoria, del estado afectivo ni de la conducta que permitieran inferir una afectación significativa de sus facultades mentales.
Tampoco encontró indicios de psicosis, ideas delirantes o un estado de inconsciencia que hubiera anulado su capacidad de comprender sus acciones. Además, no identificó elementos suficientes para concluir que el acusado hubiera estado bajo los efectos de sustancias al momento del hecho.
El psiquiatra aclaró que su tarea no consistía en establecer si la versión de Sánchez sobre lo ocurrido era verdadera, sino en analizar su estado psíquico a partir de lo que relató y de las conductas que describió antes, durante y después del asesinato.
Según el testimonio del imputado, había encontrado a Azul en la calle y no la conocía previamente. También reconoció que sabía que era una persona trans, aunque sostuvo que era la primera vez que mantenía un encuentro sexual con alguien de esa identidad de género.
Sánchez aseguró que Azul se había puesto agresiva, había roto un televisor, se había cortado con un cuchillo y lo había amenazado con contagiarle VIH. También relató un enfrentamiento físico en distintos sectores de la vivienda y afirmó que ella lo había lastimado en la nuca con una bombilla.
En su relato utilizó una expresión que volvió a poner en evidencia el desconocimiento de la identidad de género de la víctima: “Me dijo: era él o yo”.
Méndez remarcó que no había testigos directos de lo ocurrido dentro de la vivienda que permitieran contrastar esa versión. Por eso, insistió en que su análisis se centraba en la memoria, la conciencia y la capacidad de decisión del acusado.
Por qué el psiquiatra descartó la emoción violenta
Uno de los momentos centrales de la declaración se produjo cuando el fiscal jefe Agustín García consultó al especialista sobre las condiciones necesarias para considerar que una persona actuó bajo emoción violenta.
Méndez explicó que no se trata simplemente de un enojo intenso o de una reacción impulsiva. Según detalló, este estado supone un estímulo externo de gravedad excepcional que provoca una conmoción afectiva súbita y puede afectar parcialmente las capacidades intelectuales y el registro de la memoria.
En esos casos, describió, suelen observarse conductas automáticas, desorganizadas y sin planificación, acompañadas de manifestaciones físicas y de un estado posterior de conmoción o agotamiento. También señaló que las personas pueden permanecer en la escena, ser encontradas por familiares o vecinos e incluso mostrar arrepentimiento. “Si alguna de estas conductas no las encontramos, no podemos afirmar que estamos ante este grado”, explicó.
El fiscal le preguntó específicamente si una amenaza vinculada con una enfermedad de transmisión sexual podía tener suficiente entidad para desencadenar una emoción violenta en el contexto relatado por Sánchez.
“Para un señor de la noche, que se haga mención a una enfermedad sexual, ¿sería un estímulo o tendría suficiente fuerza para causar esa emoción violenta, por una lesión con una bombilla?”, planteó García.
En su respuesta, Méndez diferenció las reacciones asociadas a una percepción inmediata de peligro de aquellas en las que la persona conserva capacidad de discernimiento.
“Hay un nivel de conciencia si está eligiendo qué tipo de arma utilizar”, afirmó. También sostuvo que cambiar de arma o seleccionar dónde golpear a la víctima son conductas que pueden evidenciar capacidad de decisión.
El especialista explicó que la memoria también resulta relevante para evaluar el estado de conciencia: Sánchez pudo relatar los momentos previos, lo que dijo que sucedió en su casa y sus acciones posteriores. Para Méndez, esa capacidad de reconstruir la secuencia permitía inferir que conservaba la posibilidad de distinguir entre lo conveniente y lo inconveniente.
El ocultamiento del cuerpo y la ausencia de arrepentimiento
El psiquiatra también puso el foco en las acciones posteriores al asesinato. De acuerdo con la reconstrucción presentada durante el juicio, el cuerpo permaneció en la vivienda durante aproximadamente 24 horas, luego fue trasladado en una camioneta y finalmente descartado en un canal, a unos 16 kilómetros. Las cámaras de seguridad permitieron reconstruir parte de ese recorrido.
Para Méndez, esa sucesión de decisiones resultaba incompatible con una reacción súbita y desorganizada. El especialista destacó que Sánchez no había mostrado señales de confusión ni había referido un estado de conmoción posterior al hecho.
Al ser consultado por el fiscal sobre el arrepentimiento, respondió: “No encontramos arrepentimiento, dijo que Dios lo había perdonado”. También señaló que no había identificado manifestaciones de dolor moral inmediatamente después del crimen. “Alguien en emoción violenta no oculta el crimen, no sigue su vida como si nada”, sostuvo.
El perito tampoco consideró que el consumo de cocaína que Sánchez refirió desde hacía aproximadamente 15 años permitiera concluir que hubiera estado intoxicado al momento del asesinato.
La declaración incluyó referencias al estilo de vida que el propio imputado describió durante la entrevista: tenía una gomería en la planta baja de su vivienda, consumía sustancias psicoactivas de manera cotidiana y mantenía encuentros sexuales vinculados con el ambiente nocturno.
La Fiscalía también contrastó esa declaración con una comunicación del 24 de abril en la que Sánchez habló con un familiar identificado como Corcho. En esa conversación, según lo expuesto durante el juicio, el acusado se refirió a su detención por un asesinato como “una pelea que terminó grave” y habló de mujeres trans con expresiones estigmatizantes relacionadas con el VIH.
El cuerpo de Azul fue encontrado el 14 de octubre de 2025 en Valentina Norte, después de 19 días de búsqueda. A partir de las cámaras de seguridad, los investigadores reconstruyeron movimientos de la camioneta blanca vinculada con Sánchez. El 18 de octubre, durante un allanamiento, fue detenido y se secuestraron elementos que la investigación incorporó como evidencia, entre ellos rastros de sangre y armas blancas.
Las lesiones y los indicios de un crimen de odio
La segunda parte de la jornada estuvo dedicada al testimonio de Eduardo Prueger, licenciado en Criminalística con dos décadas de experiencia y formación en la investigación de femicidios, travesticidios y transfemicidios.
Convocado por la Fiscalía para analizar integralmente las evidencias, el especialista explicó por qué considera que el asesinato de Azul estuvo motivado por el odio hacia su identidad de género.
Prueger señaló que un crimen de odio no puede determinarse a partir de un único indicio. Su análisis contempló las lesiones, los elementos encontrados en las distintas escenas, los registros de cámaras y las acciones realizadas antes y después del asesinato.
En la investigación identificó tres escenarios: la vivienda donde ocurrió el crimen, la camioneta utilizada para trasladar el cuerpo y el lugar donde fue descartado. Según explicó, la reconstrucción de ese recorrido permitió interpretar las evidencias dentro de un mismo contexto.
Entre los aspectos que evaluó mencionó la identidad de Azul, las circunstancias del encuentro con Sánchez, la cantidad y distribución de las lesiones, las diferencias entre las heridas de ambos, el cambio de armas y las maniobras para ocultar y descartar el cuerpo.
Qué significa el concepto de overkill
Uno de los términos desarrollados por Prueger fue el de overkill, utilizado para describir una cantidad de lesiones que supera las necesarias para provocar la muerte.
En el caso de Azul, las pericias identificaron dos lesiones con capacidad mortal, ubicadas en el corazón y la aorta. Sin embargo, otras heridas no tenían esa misma función directa, por su ubicación y características.
El criminalista destacó que la cantidad de lesiones, su distribución y la utilización de distintos elementos debían analizarse en conjunto. También sostuvo que una hipótesis posible era que Azul hubiera recibido más de 25 puñaladas, aunque parte de las lesiones no pudo determinarse con precisión debido a la desaparición de tejido blando por la acción de la fauna cadavérica.
“Azul no constituye en ningún momento un riesgo vital para el imputado, apenas era una víctima que se podía proteger poniendo manos y piernas”, sostuvo.
Prueger describió lesiones defensivas en las manos, los brazos y otras partes del cuerpo, que interpretó como indicios de que Azul intentó protegerse. Entre ellas mencionó fracturas en la muñeca izquierda, lesiones en la palma y el dorso de la mano, heridas en los miembros inferiores y una lesión punzante en el muslo.
El especialista también señaló que hubo un cambio de arma: después de las heridas producidas con un elemento cortante, se utilizaron objetos romos que provocaron fracturas en el rostro. En particular, destacó tres golpes de gran fuerza en esa zona.
Para Prueger, la reiteración de golpes en el rostro debía evaluarse más allá de su efecto físico. Explicó que esa parte del cuerpo cumple una función central en la identificación de una persona y que la violencia ejercida allí podía aportar elementos para interpretar el significado de la agresión.
El criminalista también remarcó la diferencia entre las lesiones de Azul y las que presentaba Sánchez. Mientras que el imputado no tenía heridas recientes compatibles con un enfrentamiento de características equivalentes, el cuerpo de la víctima registraba numerosas lesiones, muchas más de las necesarias para provocar la muerte.
A partir de esa comparación, sostuvo que las evidencias no respaldaban la hipótesis de una agresión recíproca en la que Sánchez hubiera tenido que defender su vida.
El cuerpo como objeto de descarte y la continuidad de la violencia
Las acciones posteriores al asesinato también fueron centrales en la exposición de Prueger. El especialista analizó el tiempo que el cuerpo permaneció en la vivienda, su envoltura, el traslado en una camioneta y el descarte en un canal.
Según su interpretación, esas maniobras no debían considerarse únicamente como intentos de ocultar el crimen, sino también como parte de la continuidad de la violencia ejercida contra Azul.
La elección del horario, el recorrido y el lugar donde fue abandonado el cuerpo evidenciaban, para el criminalista, una sucesión de decisiones organizadas. Su análisis coincidió en ese punto con el planteo de Méndez sobre la incompatibilidad entre esas acciones y un estado de emoción violenta.
Prueger también remarcó que Azul se encontraba vestida y que no había elementos que indicaran una instancia previa de desnudez. En su evaluación, ninguna conducta atribuida a la víctima explicaba la magnitud de la violencia ejercida contra ella.
Al exponer sus conclusiones, enumeró la identidad de la víctima, la cantidad de lesiones, la asimetría del patrón lesivo, el cambio de armas y las maniobras de ocultamiento y descarte del cuerpo como elementos que permitían identificar un patrón.
“Azul fue asesinada por lo que era, es un crimen de odio hacia la identidad de género”, afirmó. Y agregó: “La identidad de género no puede ser excusa de un arrebato descontrolado”.
Para el criminalista, la violencia no podía interpretarse como una reacción espontánea provocada por Azul, sino que debía analizarse a partir de los prejuicios del agresor y del conjunto de indicios reunidos durante la investigación.
El mensaje de violencia hacia el colectivo trans y travesti
Prueger sostuvo que no había una acción de Azul que explicara la violencia ejercida contra ella. En cambio, consideró que los prejuicios previos del imputado sobre su identidad constituían un elemento central para interpretar el crimen en un contexto de violencia de género.
El especialista también vinculó su análisis con las conclusiones del psiquiatra sobre la conducta posterior al asesinato. La decisión de mantener el cuerpo en la vivienda durante aproximadamente 24 horas, trasladarlo y arrojarlo a un canal, afirmó, no se correspondía con una reacción súbita que luego hubiera cesado.
“Hay planificación, decisión de guardar el cuerpo 24 horas, después tirarlo, es la continuidad de la violencia, no se comparecen con una acción súbita”, señaló.
Finalmente, Prueger planteó que la violencia no terminó con la muerte de Azul. En su interpretación, la forma en que el cuerpo fue manipulado y descartado también debía analizarse como parte del mensaje que dejó el crimen.
“La violencia de género que llevó a matarla continúa después del crimen y se traduce en manipular el cuerpo como si fuera un objeto descartable y tirarlo al agua”, sostuvo.
Y concluyó que esas acciones podían interpretarse como un mensaje dirigido no solo a Azul, sino también al colectivo trans y travesti, cuyas integrantes comparten la identidad de género por la que, según la hipótesis de la Fiscalía respaldada por el perito, fue atacada la víctima.
Fuente: Medios















