Se acercan las elecciones. El próximo domingo se ponen en juego la mitad de las bancas de la cámara de diputados y un tercio de la representación en el senado de la nación. Cualquiera sea el resultado, previsto o imprevisto, devolverá un escenario de empate institucional entre el congreso y el poder ejecutivo. Una tensión de suma cero entre los dos extremos de la grieta que augura dos años complicados para el último tramo de la gestión libertaria. De allí que el interrogante no recaiga tanto en “contar los porotos” entre kirchneristas y libertarios como en intentar dilucidar ¿Sobre quiénes recaerá el poder del desempate? La respuesta roza lo obvio: los gobernadores que logren algún nivel de independencia y cuenten con legisladores propios administrarán peso específico en más de una circunstancia.
Es lo que varios mandatarios provinciales, cada cual con sus modos, intentan explicar durante la campaña a sus propias poblaciones. El sendero del medio no nacería solo de una posición que repela los bordes ideológicos de la grieta, sino también y sobre todo de una defensa federal de intereses provinciales ante los partidos nacionales que administran el oligopolio del poder en Argentina. De allí la conformación de “Provincias Unidas” integrada por seis gobernadores: Claudio Vidal (Santa Cruz), Ignacio Torres (Chubut), Martín Llaryora (Córdoba), Maximiliano Pullaro (Santa Fe), Carlos Sadir (Jujuy) y Gustavo Sáenz (Salta). De allí también las apuestas de Rolando Figueroa (Neuquén) y Alberto Weretilneck (Río Negro). Se trata de gobernadores que avizoran la oportunidad de transformar su peso relativo en una “inmensa minoría” capaz de destrabar coyunturas de orden nacional.
La provincia de Neuquén ejemplifica el punto. Con solo el 1,7 por ciento del padrón nacional, administra recursos suficientes para “salvar” a la economía nacional por las próximas décadas. Como se encargan de aclarar en cada aparición pública los principales voceros de La Neuquinidad, se trata de una oportunidad que hay que transformar en resultados constantes y sonantes. El llamado a la prudencia es lógico y necesario. Los recursos de Vaca Muerta son vastos y altamente cotizados, pero son también solo eso. Es necesario un periodo de estabilidad política y previsibilidad económica acompañado por una cultura empresarial decidida para que el extractivismo se parezca más al desarrollo. Pero volviendo a nuestro tema, el interrogante que la coalición liderada por Rolando Figueroa propone al debate público es ¿Quién debe gestionar semejante chance, el gobierno neuquino o el gobierno nacional? De allí que la representación en el congreso, escenario de negociación por excelencia entre las provincias y la casa rosada, cobre la importancia que desde el gobierno neuquino atribuyen a la elección del 26 de octubre.
Entrampados en la aletargada discusión que los nutre, kirchneristas y libertarios transitan una campaña de escaso contenido. Los episodios de presunta corrupción, que los exponentes libertarios intentan disimular, alientan el entusiasmo de un peronismo que pretende diluir su tradicional prontuario en el defecto ajeno. La ex presidente Cristina Fernández de Kirchner y el actual mandatario nacional Javier Milei, parecen tener claro que estirar el discurso en búsqueda de los moderados es tarea vana. De allí que sus últimas apariciones públicas tengan más de reafirmar la convicción de los convencidos que de seducir a nuevos adherentes. Desde el balcón de su celda domiciliaria, la líder opositora recuerda la puja “Braden o Perón” y propone una especie de remake de “unidos o dominados” bajo el lema “Es Milei o Argentina”. Milei por, su parte, cita “Civilización o barbarie”. Dos maneras de apostar a la polarización y dirigirse a los propios con reminiscencias históricas sólo interpretables por los sectores más ideologizados.
Es este contexto, en el cual los representantes de la grieta eligen o se resignan a ensimismarse, el que permite a los gobernadores intentar esa diferencia discursiva que los siente en el próximo congreso a negociar con “los cinco para el peso” que le faltarán al oficialismo nacional para sostener vetos y a los opositores intransigentes para rechazarlos. Una ecuación que va a caracterizar a la política argentina, por lo menos en su entramado institucional, hasta el año 2027.
Comienza la última semana de campaña. El próximo domingo, con el debut de la Boleta Única en Papel, los argentinos y argentinas deciden la conformación del congreso. Deciden mucho más que eso. Se trata del reparto de poder que iniciará la pelea de fondo. Las próximas presidenciales están a la vuelta de la esquina y a nadie se le escapa que se trata de un final abierto. La grieta nacional que, hace más de una década caracteriza a la política argentina, tiene aspecto de agotada. Los gobernadores apuestan al protagonismo de las provincias para dejar atrás veinte años de “barquinazos” ideológicos cuyos resultados derraman tristes evidencias. Las precisiones diagnósticas llegarán el domingo 26 cerca de las 21 hs cuando se levante la veda y se dé a conocer el escrutinio provisorio.







