El 1 de enero se consolidó como inicio del año tras siglos de cambios en la forma de medir el tiempo, con Roma y la Iglesia como protagonistas. La fecha se adoptó de manera casi global a partir de 1582, cuando el papa Gregorio XIII impulsó el calendario gregoriano, que ajustó el sistema juliano y formalizó los años bisiestos para corregir desfases astronómicos.
Pero el camino hasta esa definición fue largo. En la antigua Roma, los primeros calendarios empezaban en marzo, ligados al ciclo agrícola y al dios Marte, y ni siquiera incluían meses de invierno. En el siglo VII a.C., el rey Numa Pompilio sumó enero y febrero para ordenar mejor el año, aunque al basarse en la luna, los desajustes con las estaciones siguieron.

La gran reforma llegó en el 45 a.C., cuando Julio César cambió el modelo y lo alineó al sol: 365 días por año y el inicio en enero, en honor a Jano, el dios de los comienzos y las transiciones. Aun así, por siglos cada región festejó el “nuevo año” en momentos distintos. En zonas cristianas, por ejemplo, era común celebrarlo el 25 de marzo, fecha simbólica asociada a la Anunciación.
Con el calendario gregoriano, el 1 de enero dejó de ser solo una referencia romana y pasó a ser el punto de partida del año en la mayor parte del mundo. Igual, no todos los calendarios funcionan igual: culturas como la china siguen guiándose por ciclos lunisolares para marcar su propio Año Nuevo.

Fuente: Medios

