“Vaca Muerta es una roca que está a tres mil metros de profundidad”. La frase es de Rolando Figueroa y conviene detenerse en lo que agrega inmediatamente después: esa roca es “una condición necesaria, pero no suficiente”. Es, posiblemente, la definición más honesta que haya formulado un gobernador neuquino sobre el recurso que ordena la vida de la provincia desde hace medio siglo. Lo que separa a las provincias petroleras que prosperan de las que terminan fundidas junto con el yacimiento nunca fue la geología: fue lo que construyeron arriba. Y es ahí, en el ecosistema y no en la formación, donde hay que mirar lo que pasó esta semana.
Lo que pasó fue, básicamente, ingeniería institucional. La Legislatura aprobó en general el acuerdo con quince operadoras para que adelanten hasta 177 millones de dólares destinados a pavimentar y repavimentar 158 kilómetros de rutas provinciales 7, 8 y 51: las empresas ponen los fondos, la provincia ejecuta y certifica, y la devolución se hace vía descuento de regalías, sin intereses y recién a partir del mes treinta. El peaje lo pagarán las operadoras por el uso intensivo, no los vehículos particulares neuquinos. Un diputado lo resumió sin vueltas —“oponerse a un financiamiento en dólares a tasa cero es ridículo”— y la votación le dio la razón: veintidós diputados de ocho bloques distintos, de Comunidad al MPN, del PRO a Fuerza Libertaria. Que un instrumento de esta naturaleza reúna semejante arco dice algo sobre la madurez del debate provincial.
El mismo día, en la presentación del Parque Industrial Capital junto a Mariano Gaido, Figueroa anunció lo segundo: en 2028 la provincia eliminará Ingresos Brutos a las empresas que contraten nuevos trabajadores neuquinos, apoyada en el Registro Informático de Empleadores que ya está operativo, y los proyectos del parque que se acojan a “Invierta Neuquén” pagarán cero. El criterio es que “no se le cobre al empresario antes de que comience a generar ganancias”. Es una idea simple y poco frecuente en la Argentina, donde el Estado suele cobrar primero y preguntar después. Los números del parque acompañan: 606 empresas inscriptas, todas neuquinas, sobre 1.362 hectáreas cuando se habían previsto mil, con una estimación de 25.000 puestos de trabajo. La demanda superó a la oferta estatal.
Conviene acá desarmar un cliché que a Neuquén le hace más daño del que parece: el de la provincia rica. De cada barril, alrededor del 60% se dirime entre costos e ingresos de las operadoras y el 40% restante se reparte entre los Estados. De ese 40%, la Nación se lleva 17 puntos, otros 10 van al conjunto de las provincias por coparticipación —solo Buenos Aires se queda con más de dos, sin poner un peso ni un pozo— y 13 quedan en Neuquén. La diferencia decisiva no está en el porcentaje sino en el destino: lo que viaja afuera son rentas de libre disponibilidad, mientras que lo que se queda tiene que volcarse obligatoriamente a infraestructura. Sumemos el coeficiente de coparticipación de 1,72 que le tocó en suerte a la provincia y el cuadro queda completo. Figueroa no lo plantea como agravio: dice que los neuquinos son solidarios con el programa económico nacional y que van a seguir siéndolo. Pero pone el dato sobre la mesa.
Y esa inversión obligada tiene un destinatario que llega todos los días. A Neuquén entran más de cien personas por jornada, unas treinta mil al año: es fundar un pueblo entero cada doce meses. El dato que mejor dimensiona el desafío es escolar —el año próximo ingresarán a las aulas tantos hijos de migrantes como chicos nacidos en la provincia—, y es a la vez el mejor certificado de que algo se está haciendo bien, porque la gente se muda a donde hay trabajo. Los resultados sociales que exhibe la gestión van en esa línea: una baja de la pobreza del 45% y de la desocupación del 65%, y treinta mil planes sociales reconvertidos, buena parte en empleo genuino de la mano de la capacitación para la industria. A eso se suma una prudencia fiscal que no abunda: la provincia presupuesta con el barril cerca de los setenta dólares aunque hoy esté por encima, porque el esquema se diseñó para aguantar una baja de precios y no para celebrar la suba.
Queda lo más importante, que es también lo que menos titulares genera. El próximo salto es el GNL con destino a Europa, en un plazo de dos años, con el RIGI de Pluspetrol ya anunciado —con la petrolera provincial como socia— y la negociación con TotalEnergies avanzada para extender áreas donde también están YPF y PAE, primero las concesiones que otorga la provincia y después el régimen de incentivos. Neuquén negocia como dueño del subsuelo, no como espectador. Pero lo que de verdad distingue a esta etapa es que la construcción del post-Vaca Muerta ya empezó: mil kilómetros de ruta, becas para formar una generación, polos tecnológicos, centros de datos, hospitales, superficie bajo riego en las cuencas del Limay, del Neuquén y del Colorado, reconversión energética. “Así como nosotros sabemos que el gas es la transición, sabemos que se va a terminar”, sostiene el gobernador. Pensar el día después en el mejor momento del ciclo, y no en el peor, es la única diferencia real entre administrar una bonanza y construir una economía. Lo demás —el llamado a un gran acuerdo que ponga de pie a la Argentina, la renuncia explícita a cualquier ambición presidencial, la insistencia en que la seguridad jurídica es “un intangible que no se puede perder jamás”— es la consecuencia política de esa misma idea: que la última gran oportunidad de la provincia no se juega en una elección, sino en lo que quede en pie cuando la roca deje de producir.



